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Relecturas

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Inmersos en la producción cultural, en la reflexión teórica, en la práctica artística… no siempre reparamos en la estructura que subyace bajo estas producciones, reflexiones y/o prácticas. El cuestionamiento del medio nos retrotrae a una serie de preguntas esenciales, que continúan no tanto sin respuesta como sí siguen generando cuestiones sin cesar. De modo que su verdadera naturaleza no es contestar, sino seguir planteando esas u otras cuestiones; su única razón de ser.

Algunas maneras de hacer esto, Isidoro Valcárcel Medina.

El Mundo, Mártes 20 de noviembre de 2007.
Pedro G Romero

Isidoro

A priori la leyenda Bartleby, ser un “artista del no” que diría Enrique Vila-Matas, perseguiría a Isidoro Valcárcel Medina. Ciertamente sus resistencias, el rigor exigente de su trabajo en el mundo del arte le ha llevado muchas veces a proferir aquello de “preferiría no hacerlo”. La verdad es que esta mitología, que en algo acierta, ha ocultado las más de las veces el verdadero valor de su trabajo.
Como refiere Rafael Sánchez Ferlosio acordándose de un viejo tratado de crotalogía, “las castañuelas no es importante tocarlas, pero puesto a ello, mejor tocarlas bien”. El anti-arte de Valcárcel partiría de los mismos supuestos, la actividad artística no es lo más importante en la vida, pero puesto a ello, hagámoslo a la perfección.

Y así es, un prodigio de lenguaje, de trabajo con el lenguaje. Literalmente trabajo, entendido este como unidades de tiempo que se gastan, como magistralmente demuestra en el libro Rendición de la hora que las Fundaciones Tàpies y Guerrero le editaron en 2002.

Y un artista político, no porque aquí o allá sintiera las miserias del mundo, que también, sino porque entendiendo y radicalizando al máximo el lenguaje con el que trabaja sabe, produce, comprende que necesariamente es un trabajo político.

En este sentido Valcárcel ha sido un ejemplo para muchos de nosotros, un ejemplo a la hora de encarnar el trabajo con lo cotidiano, más allá del tan manido par arte-vida que ha acabado convirtiéndose en mera publicidad de centros comerciales.

A finales de los noventa lo invite a dar un taller en Arteleku dentro del programa El fantasma y el esqueleto. Valcárcel siempre ha mantenido que la experiencia del arte es imposible de transmitir y convierte sus lecciones en una suerte de encrucijada, un muro de lenguaje difícil de transitar, más difícil todavía de atravesar. El caso es que esta peculiar didascalia acabó teniendo su efecto puesto que entre todos los asistentes al taller su nombre es el más recordado, su trabalenguas didáctico, el que más confianzas ganó. Y es que, estas paradojas fructíferas son la base de su trabajo, un territorio que para mi tiene su parangón en la figura de Juan de Mairena, en la antropocultura de Silverio Lanza, en los inventos de Silvestre Paradox. Y no es que Valcárcel los usara de referentes, lo más cercano que se me confesó es como ávido lector de Ramón Gómez de la Serna.

El fracaso del arte español todos estos años frente a su obra –sigue de actualidad su petición de cuentas al Reina Sofía y, me temo, que por muchos años más- tiene su raíz en lo erróneo que se muestra en tantas genealogías. Recientemente colaboré en la exposición del Macba Un teatro sin teatro donde se presentó Algunas maneras de hacer esto, una pieza de 1969, que disponía ciertos elementos desgajados de la teatralidad –“es cierto, pero yo odio el teatro” confesaba Valcárcel- para releer el espacio constructivo del lenguaje. El comisario francés Bernard Blistène se quedó asombrado con lo anticipado –en un sentido histórico, si se piensa en Bruce Nauman o Dan Graham- de su trabajo para aquellas fechas y con cierta manía de historiador se preguntaba a quién leía y a quién veía Valcárcel Medina entonces. ¿Acaso no podía pensarse que su trabajo estuviese dotado de cierta autonomía, que sin ser una excepción a su época, no necesitaba militar en ninguna operación internacional del arte?

Ahora, la noticia de este premio debe crearnos expectación. Valcárcel Medina no es un artista que se limite a estornudar con las palmaditas en la espalda que provoca un premio como este. Hasta aquí se suele llegar medio muerto y se suele ser demasiado agradecido con la prevenda. Valcárcel sabe perfectamente que el campo de actuación del arte pasa necesariamente por saber responder a un sucedido como este. Al fin y al cabo su obra trata de eso, de ensanchar el acontecimiento.

Pedro G. Romero opera como artista desde 1985. Trabaja en los proyectos Archivo F.X. y Máquina P.H. Es miembro del consejo de contenidos de Unia arteypensamiento.

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