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Relecturas

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Inmersos en la producción cultural, en la reflexión teórica, en la práctica artística… no siempre reparamos en la estructura que subyace bajo estas producciones, reflexiones y/o prácticas. El cuestionamiento del medio nos retrotrae a una serie de preguntas esenciales, que continúan no tanto sin respuesta como sí siguen generando cuestiones sin cesar. De modo que su verdadera naturaleza no es contestar, sino seguir planteando esas u otras cuestiones; su única razón de ser.

Política de la visión – Miguel Cereceda

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El trabajo de Rogelio López Cuenca ha ido derivando lentamente desde una poesía visual de contenido irónico-político hacia una especie de semiótica de la visión, en la que se trata de pensar lo que se puede y lo que no se puede ver. Tal vez por eso el artista ha vivido estos últimos años algo alejado de las exposiciones en galerías de arte, entregado más bien a la presentación de cursos, talleres y seminarios, en los que trataba de articular esta semiótica de la visión.

Unas son, en efecto, las cosas que se nos dan a ver, otras las que se nos permite ver y otras, por último, aquéllas que se nos fuerza a ver. La televisión, la publicidad, la Historia del Arte o la pornografía constituyen repertorios visuales de este tipo. Todas ellas, sin embargo, ocultan otras cosas que no podemos ver, que no queremos ver o que ideológicamente desaparecen de nuestro ámbito de representación. Aunque lo visible es tanto lo monstruoso como lo desagradable, tanto lo inmoral como lo inhumano, y aunque ello esté tan presente en nuestra mirada como lo gratificante y placentero, pensado desde una política de la visión, sigue siendo cierto que uno no puede ver que no puede ver lo que no puede ver. Esta elemental reflexión le sirve a López Cuenca para desplegar una estrategia de actuación sobre lo visual en la que la imagen es deliberadamente cargada de un suplemento político que la imposibilita para cualquier contemplación ingenua o meramente placentera.

Encuentros nada casuales.

Las seductoras muchachas semidesnudas de los anuncios de perfumes, los bellos efebos de las revistas de moda, las coquetas imágenes del cine romántico, las imágenes pornográficas con las que nos excitamos y nos deleitamos acríticamente son contrapesadas deliberadamente por el artista con otras imágenes, igualmente sacadas de la Prensa, de la publicidad o de Internet, generando una implosión semiótica que no sólo destruye toda gratificación en el espectador, sino que incluso fuerza a una lectura crítica.

Estamos tan habituados a la imagen de las pateras, de las masacres por autoinmolación en Afganistán o en Irak, a los torturados en Abu Grahib o a los detenidos, enfundados en sus trajes especiales en Guantánamo, como a las imágenes de los relojes Viceroy, los zapatos de Prada o los sujetadores de La Perla, hasta el punto de que ambos tipos de imágenes casi constituyen un continuum, una especie de pasta visual ideológica. Nuestra voracidad visual consume serigrafías de Warhol tanto como anuncios de Coca-Cola (si es que en último término no se trata de lo mismo), y lo que López Cuenca hace no es más que desactivar imágenes a las que estamos acomodados, contrapesándolas con otras de sentido contrario a las que por desgracia también estamos demasiado acostumbrados, generando con ello una corrosiva descomposición de ambas. Despliega así una especie de interferencia visual que nos obliga no sólo a su relectura como imagen, sino que nos fuerza incluso a repensar el código con el que está codificada (el erótico, el artístico, el publicitario o el pornográfico), así como a tener en cuenta la relación que la imagen mantiene con la realidad. En su relectura, la publicidad se nos aparece ahora como repugnante pornografía, la pornografía como provocación política y las obscenas imágenes de la violencia política, como inocentes reclamos publicitarios. De este modo, el espectador se ve forzado a reconsiderar todo el sistema (el publicitario, el artístico, el político y el pornográfico) y a desarrollar su propia estrategia perceptiva, a partir de esta desconfianza con respecto a lo visual.
Modos de hacer visible.

«Del mismo modo que las relaciones de poder producen formas estéticas, a la inversa -escribe el artista-, las expresiones culturales constituyen modos de ver, de hacer visible, de representar, de simbolizar poder o contrapoder. Todo acto estético, en tanto que configuración de la experiencia, por su potencialidad de producir modos de ver, de sentir, de existir, es, por tanto, político».

La diferencia con el procedimiento artístico que hasta ahora había desarrollado López Cuenca consiste básicamente en su renuncia a la utilización de la palabra como instrumento dominante de articulación de sentido. Si antes se servía de las palabras adormecidas en poesías claramente reconocibles de la tradición literaria para intervenir sobre señales de tráfico, dinamitando su significado, ahora se acerca al lenguaje visual tratando de desentrañar sus códigos, para mostrarnos deliberadamente que lo que se nos da a ver oculta bajo sí aquello que no vemos, porque no podemos verlo.

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. 22 Ene 08 | Rogelio López Cuenca


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